Hora de comer, hora de morir

Plàcid Garcia-Planas

El joven reportero catalán llegó a una trinchera del frente de Thiescourt, en el norte de Francia. Era el 16 de abril de 1915. El reportero, Gaziel, iba acompañado por un par de colegas. En la trinchera empezaron a conversar con un oficial francés cuando, de repente, el oficial, “como asaltado por una idea feliz”, preguntó a los reporteros: “¿Quieren ver ustedes con qué precisión les mandamos ahora mismo a los alemanes una docena de proyectiles?”

 “Precisión”. “Ahora mismo”. La muerte dando cuerda al reloj… ¿o eran ellos los que, sin buscarlo, le daban cuerda?

“Nos miramos todos con estupor”, explicaba el reportero. “¿Qué responder? Era horrible pensar que por nuestra culpa, porque justo a esa hora habíamos ido allí, caerían sobre las trincheras alemanas nada menos que una docena de proyectiles. ¿Quién sino nosotros sería el responsable de esa matanza?”

El oficial francés, viendo la perplejidad de los reporteros, se apresuró a tranquilizarlos: “No tengan ustedes escrúpulo alguno. Su visita no influye para nada en el espectáculo que acabo de proponerles. Todas las mañanas, aunque no haya combate, tenemos la costumbre de dar los buenos días al enemigo por el único medio que tenemos para ponerles al corriente de que estamos despiertos. Así pues, fuera temores injustificados y vayan enseguida a instalarse en los observatorios.”

Los reporteros percibían, aterrados, cómo eran los cañones los que acababan marcando el tiempo.

Una vez instalados en los puntos de observación, el oficial cogió el teléfono y ordenó: “Allez-y!”. Tres segundos después, “el aire se desgarró por encima de nuestras cabezas, con un silbido estridente, metálico, que se fue amortiguando a medida que se alejaba hacia el fondo del valle. Cuatro segundos más tarde, una tromba de polvo y tierra se levantó al borde de las trincheras alemanas y la explosión del proyectil resonó en la lejanía”.

El oficial ordenó a los artilleros rectificar: “¡Tiro demasiado largo! ¡Cinco metros!”. Otro estampido, el mismo aire rasgado y, esta segunda vez, el proyectil estalló en el fondo mismo de las trincheras alemanas. Brotó un chorro formidable de tierra. “Me pareció ver, entre su torbellino, saltar por los aires y caer desplomadas luego, manchas densas, oscuras, como huesos humanos. El brazo con que sostenía los prismáticos me temblaba convulsivamente y, aún y así, no podía apartar la mirada de aquel espectáculo horrible y fascinador. Los estampidos continuaron resonando sin cesar, uno tras otro, hasta doce. A lo lejos, en las profundidades de la línea enemiga, otras tantas explosiones fueron levantando, a lo largo de cien metros, tempestades atronadoras de fuego.”

Al terminar los doce cañonazos, una nube de polvo oscureció el valle. Los reporteros descendieron del observatorio. “Estábamos perdidos, azorados, como si acabáramos de ser cómplices de una acción repugnante, de una locura inconfesable”. Entonces el oficial les dijo: “Creo, señores, que por esta mañana es bastante lo visto. Si no les parece mal, podríamos pensar en comer, que, a juzgar por la hora, va siendo ya urgente.”

Hora de comer. Hora de morir. Los cañones miden el tiempo con tal exactitud que lo acaban pulverizando. Como el letrero que el joven reportero vería garabateado en la entrada de otra trinchera: “Aquí se vive fuera del tiempo y del mundo.”