El fin de la geografía.
Ricard V. Solé

¿En cuál distancia estamos de los demás? ¿Son los habitantes de otros países verdaderos extraños, o existe quizás un hilo conductor que nos comunica, de forma invisible, con todos ellos? Quizás, como escribe en "La piel fría" Albert Sanchez Piñol: 'Nunca estamos infinitamente lejos de aquéllos que odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca seremos absolutamente cerca de aquéllos que amamos'.

Miramos a nuestro alrededor y la mayoría de los rostros son extraños, desconocidos. Y a pesar de todo, a menudo experimentamos el efecto 'mundo pequeño': casualmente (o al menos eso nos parece) un desconocido con quien hablamos entra de repente dentro de nuestro círculo de conocidos. En un viaje a algún lejano lugar, quizás sentados en la escalera de un antiguo palacio en Roma, encontramos a alguien a nuestro lado y, desprendido de algunas palabras, descubrimos un nexo común. A menudo, este nexo es otra persona, alguien que nos conoce y que, sin saberlo, ha establecido un puente entre nosotros. Es un amigo común, o alguien que conocemos y que también se encontró con el desconocido, quizás en la escalera de unas ruinas cerca de Alejandría. ¡Qué mundo tan pequeño!, diremos sorprendidos y a la vez felices de saber que la geografía a veces no parece tant importante. ¿Es así?

Los científicos han descubierto que el mundo es realmente pequeño, sorprendentemente pequeño. Imaginemos que dos personas que se conocen son dos nudos de una gran red donde todos los humanos están ligados entre sí. Esta telaraña es la sociedad, y los hilos que conectan los individuos nos dicen quién se relaciona con quién. Esta telaraña es invisible, pero por ella nos moveremos, ella nos conecta con los otros. La telaraña no la construye nadie, no hay un arquitecto, sino muchos: cada uno de nosotros participa. Perdidos en medio de esta estructura invisible, no sospechamos su importancia. ¿ Cómo es esta telaraña?

Hemos descubierto que no es como las telarañas geométricas que encontramos en los jardines, sino como aquéllas que salen en los rincones de las casas, aparentemente desordenadas y sin estructura. Y a pesar de todo, estas telarañas hacen su función tan bien como| las otras, si bien su arquitectura interna se nos escapa. La red social que nos conecta no se despliega (cómo creemos) sobre una superficie, sino que se cierra y reconecta en dimensiones que no son evidentes. Así, para llegar a algún otro en través de los hilos de la telaraña, no nos hace falta caminar mucho. De hecho, en un país típico formado por unos cuantos millones de habitantes, sólo hace falta atravesar seis nudos de la red social para llegar a cualquier otra persona. El mundo, nos guste o no, es verdaderamente pequeño. Y no sólo la sociedad: las palabras dentro del lenguaje o las neuronas dentro de nuestro cerebro son también mundos pequeños. No hay dos palabras lo suficiente alejadas, ni dos pensamientos lo bastante diferentes.

Este encuentro se hizo sólida y evidente mediante una serie de experimentos simples. Stanley Milgram, un sociólogo americano, decidió comprobar si la percepción de la sociedad como una red bien conectada era nada más que una impresión subjetiva o bien un hecho demostrable. Utilizó un conjunto de cartas dirigidas a una misma persona que vivía en un lugar no determinado de la costa este de los Estados Unidos (sólo conocido por Milgram) y las repartió en un grupo de conocidos. Las instrucciones de Milgram eran tan claras como sorprendentes. A la carta sólo constaba el nombre del destinatario, y se informaba al grupo que se trataba de un abogado de Nueva York. Esta persona -un desconocido para todos los componentes de aquel grupo- tendría que recibir la carta en través de una cadena de contactos. Cada participante tendría que entregarla a un conocido que de alguna forma la acercase a su destinatario. A pesar de que la información proporcionada era claramente insuficiente, las cartas necesitaron nada más que una media de seis entregas para llegar a su destinatario. La consecuencia era clara: las leyes de la geografía no son las de la sociedad. Esta conclusión es hoy más evidente, pero no más cierta, que cuando el Mediterráneo era la cuna de nuestra cultura.

La red social ocupa espacio y tiempo. La red de ahora es la realidad palpable, donde todo esta mucho más próximo de lo que soñaríamos. Esta red cambia cada día, cada vez que alguien conoce alguien nuevo o bien olvida a algún otro. La red crece y se transforma y, a pesar de todo, si la miramos de lejos no parece muy diferente. Y la red se extiende hacia el pasado, haciéndose más y más difusa a medida que retrocedemos. Al mirar atrás, las conexiones se hacen más débiles, se difuminan o desaparecen. Lejos, dentro del tiempo, los nudos se hacen turbios y sus conexiones se borran. Dentro del gran teatro del mundo, el telón de las sombras empieza allí donde| la telaraña entra dentro de la historia. Miramos atrás y la red también posee caras que se desdibujan. Son las caras de nuestros antepasados, que poco a poco se confunden con otros rostros. Al final, estos rostros quedan congelados en las fotografías de los álbumes viejos y ya nadie los reconoce. Nos miran desde el pasado y el camino que nos comunicaba con ellos ha desaparecido. Esta pérdida nos recuerda las palabras que Shelley pone en la tumba de Ozymandies, rey de reyes, enterrado en el desierto, en mitad de la nada: "contempla mi obra, tú poderoso, y en verla, desespera”. A menudo pensamos en el olvido del pasado pensando en los personajes que un día serían sus grandes protagonistas y que a menudo se han convertido en grandes desconocidos. Pero raramente nos damos cuenta que el olvido real esta en la demolición de aquellas conexiones que daban sentido a los individuos y los ligaban con sus contemporáneos pero también con nosotros. En la medida en que las conexiones sobreviven, el pasado no se olvida de verdad.

A pesar de todo, a pesar del inexorable papel del tiempo, que rompe la red cortando sus ramas y arrancando sus hojas, reduciéndola al presente, el pasado se obstina en sobrevivir. Los libros de historia, los restos de las culturas, nuestros orígenes comunes no sólo mantienen la memoria de los hechos y sus protagonistas: definen también una red. La preservación de ésta es la que realmente nos salva de convertir el pasado en humo de la memoria. Cuándo leemos sobre el emperador Adriano, esta figura gigante no esta solitaria en medio de la nada. La memoria histórica guarda el recuerdo de sus obras y también de sus vecinos en la telaraña. Una telaraña que se extiende geográficamente por Roma y Alejandría, Tebas y Babilonia. Muchas conexiones importantes unen a Adriano con amigos y amantes, enemigos y conspiradores. Con todos aquéllos con quien convivió o a los que sometió. Y entre éstos encontramos el Antinoo, una figura que -quizás accidental pero inequívocamente- brilla con mucha luz.

Desprendido de su muerte, Antinoo escapa al abismo del olvido y se instala en el panteón de los personajes inmortales, gracias a la obsesión de Adriano, que nunca se recuperó de aquella pérdida. El rostro de Antinoo, lejos de desdibujarse para siempre, queda fijado en la memoria colectiva en un gran número de manifestaciones artísticas que llegan a nuestros días y han inspirado a escritores y poetas. Su rostro nos aparece esparcido en mil lugares diferentes, familiares y próximos, referente congelado de un tiempo donde Roma volvía a sus raíces helenistas. Un tiempo ya lejano pero presente en nuestra cultura y en nuestra mirada en el mundo, que nos devuelven las antiguas esculturas y sus rostros de mármol. El Antinoo se convierte así en un vehículo del mundo pequeño.

La mirada del Antinoo es nuestra mirada, la mirada de un mundo sin geografía, donde todos estamos cerca y nadie -amigo o enemigo- no está infinitamente lejos de ningún otro.

Ricard V. Solé
Profesor Investigador ICREA, Universidad Pompeu Fabra