La rivoluzione siamo noi,
Ricard Mas

A mediados de los cincuenta, en un diario madrileño, se solía hacer esta pregunta a los entrevistados ilustres: Si se declarase un incendio en el Museo del Prado, equé salvaria?  . Jean Cocteau respondió que él salvaria el fuego. Y cuando le
llegó el turno a Dalí, se vio obligado a superar lo absurdo de Cocteau. Y dijo: Yo salvaria el aire que hay dentro del cuadro Las Meninas (1656), de Velázquez. 
iDios mio, Las Meninas! Todas las posibilidades de la pintura, incluso la abstracta, las contiene esta obra. Manet descubrió en ella el impresionismo, Ramón Gaya la ornitología y Picasso y Dalí la descompusieron para estudiarla del mismo modo que un chapucero curioso desmonta un reloj y después le sobran piezas... El enigma persiste, inasequible a las modas, y uno no sabe si el espectador es el monarca que visita la sesión de pintura o un espejo que refleja un autorretrato imposible. En este universo, la hermética corta el césped al jardín de la hermenéutica.

¿Y qué pasaría si, igual que hacen en las tocinerías, pudiésemos vaciar todo el aire de Las Meninas? Pues que infantas, perro, Velázquez y reyes se irían a hacer puñetas por la puerta abierta del fondo y el bastidor del cuadro-espejo se empotraría en el marco de la puerta, impermeabilizando sintácticamente cualquiera alteración.

En resumen, tendriamos el reverso de la foto/acción en la que, bajo el título La rivoluzione siamo noi (1972), un Beuys vestido de Indiana Jones deja atrás una puerta para dirigirse al espectador. Hierático como un Kurós, el mistificador de liturgias a medida, ejecuta el salto al vacío del arte/representación hacia el universo del simulacro.

Pero como denota la propia palabra  revolución  , la historia es un eterno retorno en espiral, en el que las mismas circunstancias obedecen a unas coordenadas cada vez diferentes. Y ahora resulta que la puerta/bastidor del Prado, abandonada a la fuga por Beuys, ha aparecido recientemente en el número 47, cuarto segunda, como si se tratase del monolito de 2001: A Space Odyssey.

La forma que ha adoptado esta vez es la de un bastidor de pintura que, en el reverso de la tela, contiene la representación de una puerta. Al mismo tiempo, tres puertas reales con medidas para todas las edades  permiten cruzar de un lado al otro. La sensación al pasar es semejante a la de los romanos regresando victoriosos de las Galias, pero al mismo tiempo no muy diferente a la de los franceses periódicamente olvidando la Revolución para reclamar el Imperio.

Llegados a este punto, después de Velázquez y Beuys, de Kubrik, Julio César y Napoleón III, la sombra de Kosuth planea sobre la puerta revolucionaria. Se impone, pues, como medida de retorno al orden el Diccionario de la lengua española, en el que podemos leer, atónitos, dos definiciones de puerta:

1.f._ Vano de forma regular abierto en una pared, una cerca, una verja, etc., desde el suelo hasta una altura conveniente, para poder entrar y salir por él.

2. f: Agujero o abertura que sirve para entrar y salir por él, como en_ las cuevas, vehículos, etc 

La puerta, pues, es el no-lugar, la invitación a entrar o salir, el acceso, el deseo, el posibilismo..., el marco. Si la ventana nos invita a mirar, la puerta nos permite ver la ventana desde dentro o desde fuera, nos permite el libre albedrío, elegir de qué lado queremos ver las cosas.

Jesús Galdón es el anti Christo del arte contemporáneo. Si el artista búlgaro trabaja a gran escala con la naturaleza, el del Poble Sec es un miniaturista de la cultura. Mientras el cosmopolita envuelve islas y puentes que se pueden ver des de la estación espacial, nuestro artista excava los sótanos de la tradición clásica para descubrir cordones umbilicales rotos en las columnas romanas. Si las puertas de Christo en el Central Park de Nueva York no llevaban a ninguna parte, más allá de las portadas de los suplementos dominicales, Galdón ha descubierto, bajo el horizonte redibujado, que la curvatura del universo contiene la proporción áurea sin la que seria imposible iterar eternamente la revolución.

Una revolución que siamo noi, personal, intransferible, pero no por ello individual. Galdón prefiere cruzar puertas a plantar árboles, y si tras el marco hay un espejo, mejor. La impúber Alicia de Lewis Carrol se adelantó a David Lynch en la teoría del desdoblamiento identitario, y los hermanos Marx en Duck Soup elevaron sus posibilidades hasta el simulacro.

Una puerta, en el fondo, seria cualquier ente que te invitara a ir más allá, que se te lleva. Varios ejemplos: cada bit que muestre a un senegalés la prosperidad de Occidente, dirigirá sus pasos, e incluso sueños, en aquella dirección; cada página de un libro o una revista no son otra cosa que puertas que abrimos y cerramos; cada mirada que damos o que recibimos son pasos que atraviesan el alma.

Las fronteras del lenguaje utilizado por Galdón no implican la disolución del sintagma, como erróneamente interpretó Hugo von Hoffmanstal en su carta a Lord Chandos, tampoco la esterilidad del nominalismo mal entendido, semejante a dos espejos enfrentados sin ningún otro referente. Galdón resume La rivoluzione como una puerta que representa una puerta que es una puerta  . Y como base teórica, esgrime el maravilloso tratado 175 modelos de carpintería, de Anselmo Rodriguez Hernández (CEAC, 1966), en el que se puede deducir que cada puerta de madera contiene uno o más marcos. Por cierto, uno de estos 175 modelos es el de la puerta abierta al fondo del cuadro Las Meninas, ¿casualidad?

Ricard Mas i Peinado
Historiador, crítico de arte y comisario de exposiciones.
Texto del catálogo.