Creación y destrucción de la religión del arte.
Vicenç Altaió

El arte sustituye la religión. Pocos artistas conozco que siendo descreídos del dogma religioso, como es consustancial en el arte, puedan abordar la leyenda espiritual, de memoria colectiva, con tanta creatividad desenvuelta. Jesús Galdón pertenece a la orden de los vanguardistas antepasados. Como el devorador de capellanes Brossa, que transubstancía en la metáfora objectual los valores de las palabras; o el libérrimo Perejaume, que derriba la iconografía para renovar los pigmentos de la pintura. Él hizo camino de iniciación en busca de una centralidad soterrada que une a todos los hombres. De viaje por encima de un mapa topográfico de papel, agujereado por manantiales de agua señaladas como en ombligos del mundo, ha conocido la fuente de Castalia, en Delfos, la fuente de la mezquita de Eyüp, en Istambul, la fuente suroriental del ágora, en Atenas, la cloaca maxima, en Roma, y, desde el principio, la fuente del gato, en Barcelona. Y bajo el rumor de los orígenes personales, la fuente de la ventana, en Valencia.
En la capilla de Sant Roc, despojada de la imaginería, Jesús Galdón reconstruye con telas virgenes anaformes, como si fueran losas de pavimentación, un fragmento a escala de la vía Appia. Cantos del andar los tiempos remotos encima de cantos. Como la música que se oye en una tela en blanco, que acumula con anulación todas las pinturas de la historia móvil del arte. Sin culto, sólo con la reverberación de la radicalidad del arte.

Huía, de noche, como una sombra de la historia, corriendo encima de las piedras, iluminada por las antorchas encendidas con carne viva. «Quo vadis?» El arte, imprevisible, sin reconocerse a sí mismo sino como un espectro, permite transgredir la materia de la historia en una libertad superior al libre albedrío. EI célibe pre-duchampiano deja descendientes. Pero las pisadas rodants construyeron una comunidad otra, de continuidad. Galdón, atravesando la leyenda líquida, traslada la reliquia pétrea y la rehace en una pastilla de acuarela. En el ábside, al cabo de la arquitectura, el artista sustituye el exvoto: por pintura, como si el altar de la consagración fuera una caja de pintura en agua para volver a iluminar santos. Es así como sangra la pintura, haciendo huellas con el pincel que camina encima de la erosión de la representación. Entre la ceguera radical del nihilismo dadaísta y la transgresión del arte de vanguardia, hay una grieta de poesía que sobresale por encima de la inmaterialidad y el hidridismo mitológico del postmodernismo.

Hay una fe posible en el arte. Galdón invita a seis personas del entorno a desnudarse el pie y tamponar con los colores de la Inocencia la pisada del arquetipo. La pintura, ritualitzando la creencia de un humanismo solidario, se baña así en unas aguas llenas de leyendas y de dibujos académicos en una ventana de superposiciones y continuidad. Al salir de la capilla, ha borrado la presencia efímera del arte; La religión manipula el arte. No demasiado lejos, en Montferri, la arquitectura academicista en conciliación con la jerarquía de Roma y los hijos del pueblo han levantado, encima de los escombros de Jujol, un collage en miniatura con el goticismo fractal y las montañas de Montserrat. Han entronizado a la virgen negra a la vez que han desnaturalizado el arte. En una instantánea azarosa, se encuentran la galerista, el artista y el crítico de arte con el rector, la hermana monja y la hermana misionera.

Vicenç Altaió
Poeta, critico de arte y traficante de ideas.
Diario El Mundo, 8 de junio de 1999