Lo que dicen las piedras, callan los árboles
Exposición de Jesús Galdón en el almacén lapidario del Museo de Manresa
2021

En Lo que dicen las piedras, callan los árboles, el artista Jesús Galdón emplea algunas de las piezas almacenadas en este espacio para, mediante ocho intervenciones –dos de las cuales, dobles–, cuestionar la relación entre naturaleza y cultura, identidad y memoria, y reflexionar sobre la esencia del tiempo.

El criterio ordenador, la necesidad de respuestas –esto es la cultura– es capaz de transformar un paisaje en una cantera, una piedra en una almohada soñadora, o el vacío en construcción cultural. Del mismo modo, la naturaleza puede hundir las raíces en la cultura, la luz perdida de los edificios revivir o la piedra esculpida volver a ser canto rodado de río

A través de la memoria rehacemos continuamente nuestra identidad. Una escultura con un espejo por rostro nos puede tomar prestado la mirada, y una clave de vuelta en el suelo reflejada al cielo nos eleva hasta tocar de pies en el suelo: la naturaleza es un hecho cultural, un espejo que rehace su perpetua pregunta.

Y el tiempo, el despliegue de un eterno retorno que lo cambia todo. Las 8 intervenciones artísticas son: Alfabeto, El sueño de Jacob, La memoria de las piedras, De donde surge la pintura, El cielo en la cabeza, Lux, Las tres miradas y Contra-cantera.

Textos: Ricard Mas

Prensa:

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De que nos sirve una biblioteca, si no sabemos leer? El lenguaje es el catalizador que asea, transforma el caos en conocimiento. El lenguaje, pero, es una construcción compleja, basada en el alfabeto. Letras que se combinan para construir palabras y poseer aquello que denominamos realidad.

Cuál es la diferencia entre una cantera y una biblioteca? El lenguaje de nuestra mirada. Si no sabemos leer, una biblioteca acontece materia en bruto.

Sin un alfabeto que articule nuestro lenguaje, este almacén puede ser cantera. El alfabeto que, de manera simbólica, nos presenta el artista, es una invitación a hacer inteligibles los contenidos de este almacén, a descubrir y a pensar la memoria de algo que aparentemente no está, pero que resto escondido.



En el libro del Génesis (28, 10-22), Jacob duerme con una piedra por cabezal. soñando, voz una escala que, desde tierra, va hasta el cielo; y habla con Dios. Es la piedra quién le ha otorgado a Jacob la posibilidad de ascensión. Al despertar, lo reconoce, la planta como un pilar y la consagra ungiéndola con óleo. La piedra le otorga a Jacob el conocimiento, del mismo modo que el arte nos otorga a nosotros el sueño del conocimiento.

Cuando esculpimos la piedra, le damos forma para dibujar una memoria, y también para que este conocimiento perdure. En este almacén, es la propia piedra quien duerme el sueño de Jacob en una almohada. Le hemos dado entidad para soñar.



El ojo crea, y nuestro cerebro llena los espacios vacíos. En este caso, dos tapas de sepulcro descompuestas, cada una sobre un espejo de acero que nos devuelve la mirada. En una, los espacios vacíos están ocupados por piedras recogidas a la natura. Toda piedra esculpida por la mano del hombre procede de la natura y, con el paso de los siglos, sus rasgos se borrarán y volverá a formar parte de su universo original.

En la otra, los vacíos han sido ocupados por plásticos reciclados, vinilos de colores, flores de plástico...

Se trata de dos maneras de deconstruir, más allá de la reconstrucción museográfica que intenta volver a la imagen original. Y es que toda reconstrucción es un patrón temporal susceptible de ser revertido.



El oráculo de Dodona fue lo más antiguo de Grecia. Las profetizas de Dodona, inaccesibles a los sobornos, escuchaban las respuestas en los sonidos que el viento provocaba en los robles sagrados.

En un giro irónico de la situación, los árboles que hay encima de este almacén, en lugar de dar respuesta intentan saciar su sed de conocimiento hundiendo sus raíces en busca de las piedras.

La memoria es un poso, a veces encarnado en piedra. Y el diálogo entre natura y cultura es bidireccional. Buscamos la respuesta en el viento –lo hacían hace miles de años en Dodona y lo sigue haciendo Bob Dylan por todas partes–, en las piedras trabajadas o incluso en Google, pero lo importante es la pregunta. De donde venimos?



El peor temor de los antiguos celtas era, literalmente, “que les cayera el cielo en la cabeza”. Por el contrario, las catedrales góticas sostenían su cielo de piedra con claves de vuelta donde había representados los valores más altos, a la luz de una cosmogonía inspirada en el libro del Apocalipsis.

Natura y cultura son dos caras, reversibles, de un mismo fenómeno. Las claves de vuelta de edificios que ya no son descansan al suelo mientras al cielo un ojo-espejo nos vuelve la mirada en contexto: nosotros con la clave de vuelta. Otra mirada nos lo ofrece una pantalla del techo estando, donde se alternan natura y cultura. Son como dos ojos al cielo en los cuales podemos descubrir, por instantes, el que ven. Un cielo en un sótano.



Muchos de los elementos almacenados en este espacio proceden de iglesias destruidas. En toda arquitectura, los elementos más débiles son los que permiten el paso de la luz. De la oleada de destrucción emprendida el 1936, los únicos restos de vitrales que se salvaron corresponden a los pequeños fragmentos que estaban en medio de bloques de piedra maciza.

Seis fragmentos de vitral recuperan, de la forma más humilde posible, su función primigenia. Entre todos tejen una figura geométrica elemental, creada a partir de seis colores básicos. La contrapartida a esta pieza la mujer su gemelo en negativo, creado a partir de moldes idénticos, de color negro, que retienen la luz. A través de una rendija mínima, podemos adivinar el color que niega cada una. Tiene memoria, la luz?



Tres esculturas, idénticas, que han perdido el rostro. Su entidad está en precario, conceptual pero también físicamente; por eso se aguantan con muletas de madera. Apuntala su identidad una máscara que hace de espejo. A la escultura le ha sido conferida una mirada sin rostro que, cuando es mirada por el espectador, acontece rostro pero sin mirada. Las dos aperturas al lugar de los ojos, pero, niegan toda posibilidad de ilusión.

Qué es o, mejor dicho, quién es una mirada sin rostro? Qué o quien determina la identidad? Somos solo porque miramos, o porque somos vistos? La única manera que tenemos de diferenciar estas tres esculturas es por el color del lazo que las une a la máscara.



A las canteras antiguas cortaban la piedra, y la numeraban. Esto pasa también en elementos arquitectónicos, para facilitar su montaje. Los fragmentos de esta pieza tienen inscritos, a su reverso, números góticos del 1400. Formaban parte, posiblemente, de una columna.

La cantera, pues, esconde un orden; del mismo modo que este almacén no deja de ser una cantera... Muchas civilizaciones han empleado los escombros de culturas anteriores como canteras, para construir sus edificios. La cantera, entendimiento en un sentido amplio, es punto de partida y destino, potencia y referente. La montaña de Montserrat, por ejemplo, no es apta como cantera de edificios, pero en cambio es una cantera fundamental del simbolismo nacional de Cataluña.