La aracnofilia de Jesús Galdón,
Angela Molina

Cuenta Ovidio en su "Metamorfosis" que Aracne, famosa por su tinte purpúreo, era tan hábil tejiendo que ni siquiera la bella Atenea podía competir con ella. Cuando le mostraron un paño en el que Aracne había tejido ilustraciones de los amoríos del Olimpo, la diosa no pudo encontrar defecto alguno, y destrozó la tela. La princesa cretense, horrorizada, se colgó de una viga, y Atenea la transforma en una araña, el insecto que más odiaba, y la cuerda en una telaraña por la que el insecto/mujer trepó para salvarse. Esa ancestral rivalidad entre los gobernantes del mar y los atenienses ha quedado sedimentada en la memoria de los seres humanos; dioses y diosas han dejado sus huellas convertidas en arqueologías que son la herencia mediterránea de los creadores que intentan sobrevivir a una cultura fragmentada. Como Aracne, Gorky se colgó en el granero de su casa en Connecticut, Rothko se atiborró de barbitúricos y se cortó las venas en la bañera de su casa neoyorkina; ambos fueron victimas de la memoria de los dioses. Fueron muertes miserables que, sin embargo, salpicaron de resplandor y púrpura su obra.

En 1997, Jesús Galdón (Barcelona, 1967) recibió una ayuda del Estado para culminar su proyecto denominado "El oráculo de Aracne" que le llevó a rastrear las energías primarias de Roma, Estambul, Delfos y Tarragona en busca de las señales que condujeron a las culturas mediterráneas a su lento declive para acabar en una brillante mediocridad. Su reflexión después del viaje tiene algo de «aracnofilia», pues como muchos artistas que han demostrado que tejer puede ser tanto un medio para educar a las mujeres en el «ideal femenino» como un arma de resistencia y una fuente de creatividad, Galdón se plantea el tejido de la creación de una cultura como algo sociológicamente construido, inestable, que provoca lecturas nuevas, criticas, porque, y sobre todo, su «bordicidad» provoca discusión.

En el espacio de René Metras, Galdón juega sabiamente con sombras y luces de la Historia de la pintura (siempre está presente en su obra el Durero de Adán y Eva), y las reinterpreta conceptualmente con una caligrafia que recuerda a Perejaume  y cómo no, a Brossa  con su pan de oro, sus fotografías pintadas a plein air, o con la escritura de la luz (del mundo, de los orígenes), y sus juegos metonímicos, en una profunda y bien asimilada escuela conceptual catalana -Agut, Colomer, Aballí-; o sus referencias bíblicas al mito del Paraiso. Una escalera que sube hasta el infinito ("De como dibujar la línea del horizonte"), o "La comunión de Magritte representada por un traje blanco hecho de tela de lienzo, con un juego de acuarelas en la solapa; bastidores que tamizan el polvo de pintura blanca, con las letras de la palabra «poema» sobre la pared, hecha a base de cedazos. Otra pieza nos muestra dos lienzos enfrentados -las interiores infinitos- uno cuya superficie es un espejo, frente al que nos miramos; y a nuestra espalda, el pasado, que se cuela por una retícula hecha de fotografías manipuladas de cordones umbilicales (jpor la que perdería el sentido la diosa Atenea!)". En medio de toda la inmersión en la Historia, el empedrador de la vía Apia, porque en la naturaleza de las ruinas también hemos de buscar la geometría irregular.

El blanco como principio regenerador es el tema de esta obra reflexiva y optimista, porque Galdón nos habla de la promesa de un mundo mejor. El concepto de transformación que sugiere el tejido de Aracne pertenece al futuro tanto como al pasado.

Angela Molina
Crítica de arte
Diario ABC, 17 de junio de 2000